jueves, 24 de diciembre de 2009
Un cuento de Navidad
Chimenea, abrazos, pavo... para mí el 24 de diciembre es como cualquier otro día, y el 25 ni se diga, no hay nada de esas cosas simbólicas, ¿un pinito? no lo creo, se me hace muy anti-ecológico, además no hay espacio. Lo importante como dicen, es estar con la familia, pero, ¿porqué elegir solo ese día? es como el día de San Valentín, que lo usan de excusa para decirle a todos que los aman, con tarjetitas o chocolates o juguetes sexuales. Al parecer somos muchos los que tenemos dificultad para expresar nuestros sentimientos hacia los demás.
I'm a fuckin' dreamer.
El pinche problema es cuando estás sueñe y sueñe y, obviamente, no pasa nada. En el mundo real tienes que materializar los sueños; me refiero, por supuesto, a las ideas.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
:)
Hoy es un bello día; caray, dos en una semana, espero que mañana sigamos así de contentos, aliviados, descargados. Y si no, pues ya será otro día.
martes, 15 de diciembre de 2009
Load
Hoy es uno de esos días en que me siento bien por haber liberado una carga enorme que yo mismo quise cargar sin que hubiera tanta necesidad.
viernes, 11 de diciembre de 2009
Fiesta
Al licenciado le encantaba irse de parranda siempre que podía, y aun cuando no se podía, porque las fiestas eran para él lo mejor del mundo. Y en su oficina siempre estaba encendida la radio con el volumen muy alto, para que todos los del despacho se enteraran de que entre ellos trabajaba un hombre orgullosamente feliz, para que supieran que alguien sentía un gran entusiasmo por la diversión y de cómo hasta el día más nefasto era necesario celebrarlo. Su oficina era un salón de baile comparado con las demás, que eran tranquilas y lúgubres y llenas de gente redactando documentos en computadoras que fallaban a menudo, empleados con caras largas que con una frialdad diplomática le decían que no o que faltaba algo en el trámite de las personas que los visitaban, “qué amargados” pensaba el licenciado. En su animado recinto, los problemas del pueblo se resolvían entre los chistes picantes y el resumen del juego de futbol del domingo; las quejas y los pesares se perdían en la algarabía que todo lo sana. La cadena dorada y el Rolex en su muñeca eran los premios que según él merecía por la alegría que le trajo al pueblo. En las pachangas que organizaba en las zonas más necesitadas, encontraba a las señoras con tubos en la cabeza y delantal y le agradecían con sus sonrisas y las invitaciones a bailar que también eran premios, más valiosos que su sedán último modelo. Los hijos del licenciado lo idolatraban porque era tan buena onda y les ayudaba, al hijo adolescente le enseñó a conquistar mujeres con regalos exóticos y a la hija, una chica tan sonriente como su padre, la ayudó a elegir el país de Europa a donde iría a estudiar inglés. La esposa creía que era un santo y cada que iba a misa se dirigía al párroco a insinuarle lo grandioso que era su marido, no lo hacía solamente para que lo mencionara en sus sermones sino para efectos de beatificación, ya que la señora era además ferviente seguidora de San Fructuoso de Las Tapas, el santo del pueblo, quién se dice que fue excesivamente alegre y bondadoso.
Uno de esos días de festividades santas, Karen Estefanía buscaba un lugar lejos del bullicio para estudiar porque al día siguiente tenía examen, ella era la hija menor de la señora que vende los tamales en la cuadra, y era la única que no había dejado la escuela para irse a trabajar a Estados Unidos. Estaba enojada porque, además de no hallar un buen rincón donde pudiera resolver sus operaciones aritméticas, su madre le comentó que no tenía dinero para comprarle una mochila nueva porque la que usaba estaba rota y se mojaban los cuadernos cuando llovía, sin embargo ahí estaba esa figura de porcelana de un santo, recién comprada y adornada con veladoras nuevas. Karen sabía que si se incorporaba a los rezos de las señoras o a bailar la ronda con sus vecinitos no iba a tener tiempo para sus matemáticas y nunca iba a entender porqué era la materia que más se le dificultaba. Con un gesto de repudio, apretó sus dedos índice y pulgar y los soltó cual reducido moquete contra la estatua brillante que sonó hueca y se tambaleó en la mesa del comedor hasta caer al suelo y despedazarse. No supo qué hacer para enmendar su imprudencia y salió a la calle a quebrar la piñata. También fue a cerciorarse de que sus padres se pusieran borrachos y esperaba ver por ahí al profesor, curado de su estrés con el alcohol.
lunes, 7 de diciembre de 2009
Just another maniac monday.
Oh, soledad, que vuelves como aquella vez hace diez años, concedeme la dicha de encararte como el águila al viento, ya no eres tan suave, ahora tienes risas que desgarran y encantan.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)