Estoy parado en la avenida esperando el camión que parece tardarse una eternidad. Mientras pasan los carros y alguna chica bonita, yo sigo de pie en la sombra y después me recargo en un auto blanco. Harto de la rutina, pareciera que el verdadero propósito de la espera no es que el camión llegue, se detenga con mi señal y me lleve a casa, no exactamente a casa pues todavía tengo que caminar como diez cuadras.
Cinco camiones amarillos y destartalados pasan rápidamente, la estela de smog cubre el señalamiento de límite de velocidad.
Se acabó la batería del celular, ahora no podré escuchar la música que traigo, potente death metal para rebasar el escándalo urbano, ni siquiera se qué horas son, calculo las 6:15 de la tarde. El camión que espero por fin se aproxima, a toda velocidad. Brinco un charco y hago la señal con la mano. Se detiene más adelante y tengo que correr porque me está esperando. Lo abordo pero no le agradezco como he notado que le han hecho otras personas en la misma situación; yo estaba en una parada oficial, le voy a pagar el pasaje, no me hace ningún favor.
El ruido del motor y el sonido neumático que se produce cuando se abren las puertas son los instrumentos que se acompañan en esta sinfonía del tedio. El sol está en el poniente, sus rayos alcanzan los asientos de plástico y arden. Una hora de viaje así no es buena para ningún trasero. Ha pasado media hora y me he acomodado varias veces en el mismo lugar, quedo de tal forma que podría platicar con la mujer del asiento de atrás quien también se acomoda "¿Qué calor, no? Sí, bastante". Fin de la conversación imaginaria.
Pasamos cerca de la tienda de helados que está llena de clientes, es comprensible. Me imagino que me bajo en esa esquina, compro dos litros de nieve de la promoción de 2x1 y, cuando llegue a casa, se habrán vuelto líquidos echados a perder. Me acuerdo de esas ocasiones en las que hago algo por seguir mis impulsos y ya de antemano sé que no me servirá de nada. Hay muy pocos pasajeros, la mujer de atrás ya se durmió, la de más adelante sigue tarareando la melodía populachera que escucha en sus audífonos a un volumen muy alto.
Bajo del camión, me dispongo a caminar con el sol a mi espalda y la correa del maletín presionándome el hombro. Entro a la colonia, las banquetas están destrozadas y adornadas con envolturas de comida chatarra y bolsas de plástico de los supermercados, la gente sentada en mecedoras afuera de sus casas, los botes de refresco yacen en los terrenos baldíos, unos con orines y otros vacíos, los vidrios de los envases de cerveza rotos en el asfalto; ya casi no hay latas de aluminio debido a la pepena. Pateo una piedra que choca con un barandal. Piso un chicle y maldigo. Limpio el sudor de mi frente con un pañuelo roto. Devuelvo el saludo a un vecino. Llego a casa exhausto, la espera ha terminado.