Así que una vez más estoy sentado en la mesa, rodeado de gente que no conozco, vine para encajar en su grupo, para pasar un buen rato aunque en el fondo sienta que no será así. Es una reunión para festejar la laboriosidad de los asistentes, la celebramos en un salón de eventos.
El silencio incómodo, el olor de una flor del centro de mesa cuyo nombre no sé pero me llega a incomodar, los compañeros ríen, los jefes ríen más fuerte, algunos bailan, otros voltean hacia la entrada principal, todo se vuelve tan pesado. He estado tomando impetuosamente para olvidar esta repulsión que me carcome, pero he fallado y tanto alcohol me provoca, además de movimientos torpes, comentarios chuscos, sonrisitas... me vuelvo como ellos.
Transcurre el tiempo lentamente, la mesa se empieza a vaciar, la plática sosa nos está vapuleando, nos cansamos de ser actores de la peor película. Me doy cuenta de que algo sí tenemos en común, vamos a nuestras casas solos y al llegar colgamos los disfraces o los metemos a la lavadora para usarlos el día siguiente, en la oficina.
Porque al trabajo hay que ir bien presentable. Hay que ser educado y no mostrarle los colmillos a las otras fieras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario