Fuimos a Soriana a comprar cheve y algo de tragadera, dos pizzas grasosas que no resultaron ser las que pedimos en un principio, supongo que la valemadrista de la vendedora nos asignó aquéllas de los pubertos que llegaron después de nosotros. En la salida se nos acercó un vendedor de American Express, se dirigió principalmente a Anaximandro, olía mucho a cigarro, su intento de venta fue en vano, quizá después abandonó su puesto por un rato y se salió a fumar una cajetilla completa para relajarse. Ahora mismo se me antojan unos Raleigh como los que fumaba mi abuelo, aunque yo no fumo.
De fondo la radio pública con Mendelssohn ilumina la noche triste después de los corajes de la mañana y de la tarde. Es viernes y mañana comoquiera tengo que ir a trabajar. De hecho ya no es viernes, sino la madrugada del sábado.
Anaximandro es un buen amigo que conozco desde mi adolescencia, admiro su alta capacidad de tolerancia hacia todo. Esa noche nos comimos las pizzas, las acompañamos con unas caguamas Miller, platicamos a gusto, recordamos viejas anécdotas. Llegué a casa medio ebrio y bien jodido y eso que no había ido a trabajar, me acosté pensando en porqué cada vez que me acuesto y suspiro porqué no hay cura para mi locura me desengaño de que no hay salida. Y todo es una pinche rueda que no rueda. Un motor que no arranca, un río estancándose, un día sin luz.
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